Hay veces que las cosas no tienen explicación y por más que les buscamos sentido, simplemente es imposible, algo así me pasó cuando visité a mi tía, una señora ya mayor, de esas viejitas que viven en una casa rústica, de las que aún tienen pisos de madera en México. Ya había ido ahí unas cuatro o cinco veces cuando era pequeño, pero hacía ya ocho años que no nos parábamos por ahí, así que decidimos hacerle una visita sorpresa.

Llegamos al lugar y a lo lejos se podía ver el jardín descuidado, con plantas marchitas, el pasto muy crecido y las hojas de los árboles en el suelo. Estacionamos el auto, cruzamos la maleza y tocamos a la puerta. Mi tía, con su andar lento, nos recibió y nos pidió que entráramos. Los primero que escuché fue el crujir de la madera en el piso, algo que siempre me ha provocado risa porque espero que alguien me espante, como en las películas de terror.

El día y parte de la tarde transcurrió de manera tranquila, comiendo y riendo, escuchando las anécdotas de mi tía y, por supuesto, los reclamos por abandonarla tanto tiempo. Nos comentó que estaban sucediendo cosas raras en su hogar, escuchaba ruidos, veía que le faltaba comida en el refrigerador o su vajilla estaba usada.

Creí que eran invenciones de una señora mayor, pero mis padres quisieron corroborar que todo estuviera en orden, por lo que decidimos quedarnos esa noche. Me fui a dormir como a las once y apenas estaba por conciliar el sueño con escuché el crujir de la madera. Mis padres estaban dormidos en el mismo cuarto que yo, en el de huéspedes, y mi tía en el suyo, además de que era imposible que bajara a altas horas de la noche.

Comencé a sudar frío y a recordar lo que mi tía nos dijo a la hora de la comida, me empecé a sugestionar, tenía frío pero no dejaba de sudar. Me armé con el poco valor que me quedaba y bajé. Escuché como los pasos se intensificaron y después una puerta se cerró, era la de la bodega que tiene mi tía en su patio.

Busqué en la cocina un cuchillo para hacerle frente al espíritu o fantasma, no sabía cómo le iba a hacer daño pero tenía que intentarlo. Caminé lentamente hasta la puerta de la bodega, agarré la manija y comencé a girarla lentamente. No estaba seguro si quería abrirla pero tenía que llegar al fondo de este asunto. Sudando, temblando y muriéndome de miedo, abrí la puerta y el corazón se me detuvo instante al ver el interior.

El olor era fétido, las moscas salieron como si intentaran escapar de aquel hedor. Dentro de la bodega había un vagabundo, un señor con barba y cabello largo, no podía calcular su edad, pero estaba sentada sobre una pila de animales muertos. Había perros, mapaches, ardillas, gatos, pájaros y mucho más. Volví a cerrar la puerta, la azoté, puse el candado y llamé a la policía. El hombre fue capturado y llamado ‘El asesino de la fauna’, o algo así, y reveló que vivió con mi tía, bueno en su bodega, al menos dos años.